Natalia Parodi: "¡Ay!, la dieta"

Detesto la sensación de castigo que dejan algunos regímenes alimenticios

Natalia Parodi: "¡Ay!, la dieta"

Tal vez de chica no, pero hoy me siento cómoda con mi cuerpo. Es el que tengo, el que he aprendido a habitar y con el que vivo negociando. No soy fanática de la extrema delgadez. No es lo que busco para mí. De hecho me sumo a la lucha por romper estereotipos y dar la bienvenida a todo tipo de formas y tamaños. Pero si subo mucho de peso, tampoco me siento bien.

La primera vez que fui a una nutricionista tenía 16 años. Luego de hacerme varias preguntas se sorprendió al descubrir que yo comía poco y que nada me encantaba en especial. Muchas cosas me parecían ricas, pero si debía dejar de comer tal o cual plato, no tenía problema. Entonces decretó «eres de las que pican».

Yo no tenía idea de que «las que pican» era una categoría oficial. Pero la nutricionista tenía razón, porque lo que he preferido toda la vida es la libertad de darme un gustito cuando quiera y de lo que quiera. Por eso nunca he sido flaca, pero me he mantenido en un peso promedio con el que estoy a gusto.

Sin embargo -maldición- más de una vez ha llegado el momento en el que he excedido mi límite de peso. Es entonces cuando sé que solitos esos kilos no se van a ir, y donde «fluir tranqui» no va a funcionar. En esos momentos, a pesar de mí, he tenido que someterme a un régimen nutricional.

Pero detesto las dietas. Me dan la sensación de estar castigada. Menos me gustan las que son precisas: 150 gr. de pollo, 100 ml. de yogurt, 6 pecanas, 7 rabanitos, 3 claras de huevo. Odio las dietas extrañas donde hay que beber unas pócimas de hierbas raras que se consiguen quién sabe dónde. ¡Y ni qué decir de los batidos! Imposible. No me van. Yo necesito masticar. Nada que sea muy restrictivo puede durar mucho conmigo.

Además, los regímenes alimenticios en lugar de lograr que me olvide de la comida, me tienen pensando en ella todo el día (seguro por eso este tema ronda mi cabeza ahora). Y entonces, para no comer todo lo que quisiera, me la paso alimentando a los demás -porque no he podido evitar comprar algunas delicias que bucean en mi cartera-. Pero no hay escapatoria, porque ya no estoy cómoda. Mi ropa comienza a ajustarme y me encuentro incluso saturada del olor a comida. La dieta se convierte entonces en lo más recomendable.

¡Qué fastidio! A mí que me molesta tener que obedecer a un plan alimentario estricto. A pesar de eso, reconozco que el cuidado de mi salud sí ha resultado un argumento convincente para hacerme recurrir a un régimen cuando necesito que me reordenen y regulen la alimentación que se me ha desbalanceado sin darme cuenta.

Como no me gustan las dietas, encontré un sistema que me ayuda a prevenirlas: comer siempre relativamente sano porque he entendido que la salud está en juego. Como balanceado para cuidarme. Y vivo ‘a dieta’, pero la rompo cuando me provoca. Tan absurdo como suena, es lo que le va a mi personalidad y lo que me funciona.

No sé cómo hacen los demás, pero por muy estricta que sea la dieta, yo necesito salirme en algún momento. Nunca sabré qué resultado habría si la respetara al pie de la letra, pero no me importa. Voy más lento pero disfruto cada vez que pico. Total ¿cuál es el apuro? Llego tarde, pero llego. Prefiero eso a vivir restringida y de mal humor. Es la negociación entre mi cuerpo y mi mente. Y así estoy satisfecha. 

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