Natalia Parodi: "Cinco minutitos más"

La última vez que dormí una noche de corrido se ha vuelto un recuerdo lejano, al que miro con nostalgia

Natalia Parodi: "Cinco minutitos más"

Natalia Parodi: "Ahora con cinco minutos más no solo me conformo sino que realmente, soy feliz".

Soy dormilona desde que tengo memoria. Saltar de la cama con entusiasmo y vigor al sonar el despertador no ha sido nunca mi estilo. Conozco a gente que lo hace y sinceramente no entiendo cómo. No me malinterpreten: si es necesario levantarme al toque de la cama, lo hago –como cada vez que mi bebe se despierta durante la madrugada–, pero lo que no podré hacer nunca es sentirme inmediatamente llena de energía. El despertador de las seis de la mañana jamás me brindará la ilusión instantánea de empezar un nuevo día.

En la universidad, apenas pude elegir horarios, opté siempre por clases que comenzaran a partir de las 10 a.m. Eso sí funcionaba para mí. Antes de esa hora era un sufrimiento. Como si hubiera habido un imán debajo de mi almohada que me dificultaba abrir los ojos, a menos que remoloneara un rato. Eso hasta que Morfeo me soltara y mi cuerpo se preparara en cámara lenta para erguirse, parpadear, depositar mi peso sobre los pies y encenderme el cerebro para las actividades del día.

Alguien dice que es cuestión de hábito, pero no es cierto. Si fuera así, luego de varios años de entrar al colegio a las ocho de la mañana ya me habría acostumbrado a despertar temprano y con energía. Otra persona me habló del reloj circadiano y de cómo sus ritmos alternan entre un estado alerta y otro fatigado. Supuestamente necesito despertarme tarde porque también me acuesto tarde. Pero a mí también me da sueño temprano, por eso esta teoría también me sirve poco.

Yo disfruto de dormir. Incluso me gustan mucho las siestas. Mis amigas de la universidad aún se ríen cuando recuerdan que yo hacía una en medio de la sesión de estudios de grupo. Pero no había alternativa: necesitaba recargar energías para continuar. Es más, tengo tal facilidad para dormir que puedo hacerlo en medio una fiesta, sin importar la bulla. Basta con encontrar un sillón cualquiera y me acomodo. Salvo el furor de mis 20     –cuando podía amanecerme fiesteando y conversando–, en general me da sueño temprano. Nunca soy la que se va última. En Año Nuevo llego con esfuerzo a las 12, y en las fiestas de matrimonio soy de las primeras en marcharse. ¡Morfeo me llama a gritos!

Cuando salí embarazada la frase que más escuché fue: “Ahora vas a saber lo que es no dormir”, casi tanto como “¡Felicidades!”. Me extrañaba y me parecía un poco antipático. Las alegrías que me traería la maternidad debían ser mayores a las dificultades. ¿Por qué a tantas personas se les salía primero esa frase?

Hasta que me tocó vivirlo. La última vez que dormí una noche de corrido se ha vuelto un recuerdo lejano, al que miro casi con risueña y absurda nostalgia. En Internet encuentro decenas de artículos que hablan sobre las madres y las malas noches.

Algunas dan consejos de cómo lograr un mejor sueño durante la noche, otros son foros donde simplemente se desahogan, otros hablan de las terribles consecuencias de no dormir para el cuerpo y el ánimo, uno propone organizar a las mamás que no duermen para estar interconectadas de madrugada y el último que vi incluso postulaba que las mujeres necesitan concretamente 20 minutos más de sueño que los hombres. Definitivamente el insomnio involuntario es, en bastantes casos, la bendita maldición de la maternidad.

“Cinco minutitos más” es una de mis frases clásicas y por supuesto antes nunca eran cinco minutos realmente, sino que de cinco en cinco llegaban a veces a sumar hasta 60. Pero eso es historia. Ahora con cinco minutos más no solo me conformo sino que realmente, soy feliz.

 

 

 

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