Natalia Parodi: "Un mini manual para terminar bien"

Amar no es una obligación. Pero un buen trato es lo mínimo que merece quien ha compartido su vida con nosotros

Natalia Parodi: "Un mini manual para terminar bien"

Que nos rompan el corazón duele muchísimo y es cierto que a quien termina le toca ser el que trae la mala noticia.

 

Mariana y Leandro ya no eran felices. Ella intentaba hablar con él y resolver los problemas juntos, pero él se quedaba en silencio, inaccesible. Cuando al fin hablaba, solo una línea salía de su boca: «Todo va a estar bien». Y los desencuentros aumentaban a la par que su hermetismo. Un buen día la miró a los ojos y dijo: «Tienes razón. Esto no está bien». Y ella, conmovida, pensó que al fin él se daba cuenta de que debían arreglar juntos la relación. Pero él sentenció: «No funciona. Esto se tiene que terminar». Al día siguiente se fue de la casa. Nunca más la buscó, excepto para concretar el divorcio.

Bernardo y Valeria habían logrado con varios años de esfuerzo un negocio próspero y tenían un niño de 8 años. Estaban en un excelente momento de vida, cosechando todo lo cultivado. De pronto, él anunció que la dejaba porque se había enamorado de otra mujer. Ella quiso saber qué había pasado, cuándo él había sentido esa desconexión como para hacer espacio a otra en su corazón. Él admitió que había sido infiel siempre.

Gabriel tomó desayuno con su esposa Cecilia como todos los días. Se duchó, se afeitó, peinó y perfumó. Revisó que su camisa estuviera bien planchada y se vistió, completando su atuendo con una impecable corbata. Le dio un dulce beso a ella y partió. Hacia el final de la tarde Cecilia encontró el siguiente mensaje de texto en su celular, enviado por Gabriel: «No tengo valor para decírtelo a la cara: No voy a volver. No me esperes».

Terminar es triste, nunca es fácil y casi todos la pasan mal durante el doloroso proceso de poner fin a una vida juntos, a sueños y a cariño compartido. ¿Pero es necesario hacerlo de forma tan fría, dura e insensible?

Que nos rompan el corazón duele muchísimo y es cierto que a quien termina le toca ser el que trae la mala noticia. Un papel duro pero necesario. No tiene sentido quedarse con quien ya no aman. Y están en todo su derecho de irse. Aunque duela, sin amor no tiene sentido seguir juntos.

Pero el temor, la incomodidad o la amargura de enfrentar el momento de cortar, los puede llevar a la cobardía e incluso a la crueldad. Se preguntarán ¿qué sentido tiene prolongar la despedida, si están decididos a irse y tienen claro que ya no hay amor? Ningún sentido, les respondo. Sin embargo, no es necesario convertirse en villanos, porque hay maneras de separarse sin maltratar a la otra persona.

Primero que nada la insatisfacción no se siente de un día para otro, sino que se incuba y crece a lo largo del tiempo. Al percibir que algo no funciona, la relación merece intentar salvarse desde ese momento, mientras aún se está a tiempo, y no esperar a que sea demasiado tarde. En honor a lo construido, a la confianza mutua, a la complicidad y el amor que una vez hubo.

Segundo, si se siente que ese sentimiento se acabó, conversarlo con la pareja e intentar que la separación sea una decisión compartida. Nadie querrá vivir con alguien que ya no la ama. Pero probablemente tenga esperanza en que el amor se pueda recuperar. Si al que termina le queda una pizca de duda, podría probar una vez más. Y aunque ese intento fracase, la relación lo habrá merecido antes de la despedida final.

Tercero, si no cabe duda de que es el fin, recordar que aunque el amor de pareja haya terminado, el cariño por esa persona queda. Dejar en claro cuánto se la valora y lo doloroso que es para uno saber que ella quedará triste. Desearle lo mejor y abrirle la puerta a conversar y ayudarla a cerrar el capítulo. Porque a ella no solo se le ha roto el corazón, sino también el futuro como lo había imaginado, la familia, y su día a día tal y como lo conocía. Su vida entera se replantea. Por eso, y por respeto, empatía y cariño, cuídala. Amar no es una obligación. Pero tratar bien es lo mínimo que merece quien ha compartido su vida con nosotros. 

 

 

 

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