Natalia Parodi: "Moldearte a mi antojo"

Da tranquilidad tener cerca a alguien que sea obediente y cumplido, que no contradiga lo que uno dice, que no discuta

Natalia Parodi: "Moldearte a mi antojo"

 

Hace años oí la conversación entre dos chicos de unos veinticinco años que discutían sobre cómo elegir a una chica. De pronto uno de ellos decretó «tienes que conseguírtelas chibolas, compadre. Así las vas moldeando como a ti te gusta». El otro sonrió entusiasmado con el consejo de su ‘sabio’ amigo.

Ocurre muchas veces lo mismo con los hijos. Padres y madres que, convencidos de qué es lo mejor para sus niños, optan por una educación llena de restricciones e imposiciones, donde lo aparentemente ideal es que el niño aprenda a obedecer y complacer a sus padres. Y para ellos esa es la señal de que el niño crecerá ‘como debe ser’.

Da tranquilidad tener cerca a alguien que sea obediente y cumplido. Alguien que no contradiga lo que uno dice, que no discuta, que no cuestione, que no traiga conflicto. Que no complique y que se adapte a uno. Es cómodo y da la ilusión de que uno está en control y por tanto todo estará bien. Pero no es lo más saludable.

La otra cara de la moneda es grave: personas sin opinión, cuyos deseos no importan, cuya personalidad es translúcida porque se someten a los demás. Gente que no tiene la capacidad de decir lo que piensa, porque ha aprendido que no importa. En el mejor de los casos, son personas reprimidas y en el peor de ellos no se conocen a sí mismas porque nunca se han preguntado qué piensan, sienten o quieren en realidad. 

Imagino a mi hija como una niña que sonríe todo el tiempo, agradecida por todo, obediente y que no expresa jamás queja o mal comportamiento. Sin embargo no me gusta. Prefiero la idea de que sea espontánea, un poco traviesa, de que reclame si algo no le gusta, que no se conforme, que busque aquello que la motive y la haga feliz, que se atreva a discrepar si no está de acuerdo con algo, que se sienta libre de opinar, que dialogue, que ponga sus argumentos sobre la mesa. ¿Es más trabajo para los padres? Sí. Pero es lo que ella necesita.

El chico de quien hablé al inicio estuvo con varias chicas a lo largo de su vida, pero con cada una siempre llegó a una etapa de conflicto donde ellas sufrieron bastante y al final lo abandonaron. Las chibolas crecen y se hacen mujeres. Y tarde o temprano descubren que existe la libertad. Si no la encuentran junto a su pareja, alzan el vuelo y salen a buscarla en otro lado. El amor puede ser ciego un rato, pero las restricciones asfixian, incomodan y se sienten como una camisa de fuerza de la que urge escapar. 

Con los hijos es más complejo, porque el daño puede ser más profundo. Como bien explicó Lucía de Althaus en su artículo «Como tú digas, mami» hace unas semanas en Viù!, un niño sobreadaptado es en realidad una persona que reprime sus emociones. Si no muestran descontrol no es porque no lo sientan, sino porque lo esconden. Y eso les traerá problemas en su desarrollo emocional y en la construcción de su identidad.

Brene Brown, profesora en la facultad de servicio social en la Universidad de Houston, señala la importancia de transmitirles a los niños que no tienen que ser perfectos, que nadie lo es y que eso está bien. Que los amamos y que el amor que reciben no está condicionado por sus logros. Los niños que reciben este tipo de cariño son más seguros de sí mismos y más felices.

Pretender moldear a nuestros seres queridos es pensar que lo que nosotros deseamos es más importante que lo que ellos quieren. Si eso les ocurre a ustedes, será bueno no solo evitarlo sino preguntarse por qué les cuesta tanto ponerse en el lugar del otro, respetar sus diferencias y dejarlos ser.

Una vida saludable comienza por casa. Fomentar la libertad no significa que no exista autoridad. Los padres tienen la última palabra. Pero si les enseñamos a nuestros hijos que expresarse y dialogar es importante, los libraremos de convertirse en esposas, trabajadores y ciudadanos que se dejen manipular por los demás sin tener voz propia. 

 

 

 

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