Natalia Parodi: "Pan con tomate y mayonesa"

Los recuerdos de una amistad de adolescencia son detalles que parecieran irrelevantes. Pero me sacan una sonrisa

Natalia Parodi: "Pan con tomate y mayonesa"

 

Llegó al colegio hacia el final del año, cuando cursábamos primero de media. Venía de otro país, la habían adelantado medio año y entró al aula llamando la atención. La sentaron a mi lado y en menos de cinco minutos capturó el interés de varias compañeras a mi alrededor, en plena clase de arte. Yo seguí concentrada en mi pintura.

Me había molestado que hablara tanto de sí misma sin mostrar interés por las demás y me cayó mal. Hoy, a la distancia, creo que me generó envidia su manera de ganarse tan pronto la simpatía de todo el salón. Era dulce y carismática. Finalmente se ganó la mía también y en menos de un mes éramos mejores amigas.

Era un poco menor, pero mucho más alta que yo. Cálida, juguetona, cómplice. Pasábamos horas chismeando quién sabe de qué. No recuerdo el contenido de nuestras conversaciones, pero sí que duraban horas, que en las piyamadas conversábamos hasta el amanecer y que nunca nos cansábamos de contarnos todo y de compartir hasta el más mínimo dato de nuestras vidas.

Sueños, curiosidades, dudas, ilusiones, alegrías, tristezas, temores y decepciones. Intentábamos descifrar de qué se trataba la vida. Con ella descubrí el heavy metal, compartí mi primera borrachera y aprendimos a cubrirnos las espaldas cuando hacía falta una buena excusa ante los  padres o los profesores. Nos conocíamos tan bien que podíamos anticiparnos a la frase que la otra estaba por decir, y con un gesto sabíamos lo que estábamos pensando. No había ningún tema tabú. Era una completa e ideal amistad de adolescencia.

Lo curioso es que los recuerdos más vívidos son los detalles que parecieran irrelevantes. No se trata de una carta importante, ni de un gesto heroico, ni de un momento histórico. Sin embargo son los que perduran con más fuerza en mi mente y los que al mirar atrás me sacan una sonrisa. Por ejemplo, lo parecida que teníamos la voz; o cómo una línea de una película de terror se nos quedó grabada a ambas en la cabeza; el modo que tenía de agarrarse siempre la cola de caballo mientras hablaba; cómo solía decir “ya fue” antes de complicarse con nada o que todas las semanas se preparaba ella misma la lonchera y casi siempre metía ahí un pan con tomate y mayonesa.

Hace un tiempo nos juntamos y nos pusimos a recordar. Le dije que yo tenía presente una frase potente e interesante que ella había dicho años atrás: «La plata no es importante, pero para decirlo hay que tenerla». Ella se desconcertó y dijo «yo siempre me acuerdo de esa frase, pero pensé que la habías dicho tú». Reímos sin lograr descifrar quién fue la autora. La sincronicidad debe haber sido tal, que seguro ambas teníamos razón: era el resultado de una reflexión compartida, y la frase era al final tanto suya como mía.

Pasan los años y algunos recuerdos se van borrando y quizá dando paso a nuevas memorias. Ahora ella es madre de un niño de 9 años y entre las virtudes y encantos de él, la que más ternura me da es la vocecita que ha heredado de su mamá. Igual que reconocer en ella la misma actitud flexible y conciliadora de siempre, cada vez que la vuelvo a oír decir “ya fue” –aunque no recuerdo los motivos por los que lo dice–. Lo más memorable son los detalles. Y no hay vez en la que coma un pan con tomate y mayonesa sin acordarme de su dulzura, su plácida flojera, su música y su complicidad. 

 

 

 

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