Natalia Parodi: "Porque lo digo yo"

A algunos padres no les gusta sentirse cuestionados, pero explicar no significa perder autoridad

Natalia Parodi: "Porque lo digo yo"

Hay niños que tienen el hábito de preguntar siempre que se les da alguna indicación, ‘¿Y por qué?’

A veces causa gracia y otras veces puede desesperar a los papás. Pero a algunos padres realmente no les gusta sentir cuestionada su autoridad. No le encuentran sentido darle explicaciones a los chicos. Consideran que su firmeza se debilita si responden a los cuestionamientos de sus hijos. Necesitan que su autoridad se vea reflejada en la obediencia de ellos y asumen que al acatar, sus hijos están aprendiendo disciplina. Tienen la idea de que eso es signo de cumplir con su trabajo de ‘buenos padres’.

«No hay nada que entender. La consigna es la consigna», decía el farolero en «El Principito», personaje que cumplía la función de prender y apagar el farol, aunque no supiera para qué.

Pero no es tan simple. Un niño que no recibe explicaciones será una persona que acate sin comprender, y por tanto carecerá de un criterio personal, una dialéctica interior.

Dialogar, escuchar a los otros, sirve porque permite recibir otros puntos de vista y enriquecer y ampliar la perspectiva propia. Si no sucede, aprendemos que las cosas se hacen porque sí, sin cuestionar, sin consultar, sin considerar al otro, sin comprobar que tienen una razón de ser.

¿Pero qué ocurre cuando crecen esos niños, que han vivido acatando sin saber por qué? Se convierten en adultos aparentemente adecuados, aparentemente sólidos y de carácter fuerte. Pero en realidad son impositivos, caprichosos y en casos extremos, prepotentes. Un adulto prepotente fue un niño que no recibió empatía que, por tanto, es incapaz de ponerse en los zapatos de los demás y a quien lo que más le importa –y casi lo único que es capaz de ver– es lo que él quiere.

Está demasiado centrado en sí mismo, en su punto de vista, y esto es un problema serio. Porque no solo lo limita sino que los que pagan el pato, los que sufren las consecuencias, son las personas que se relacionan con él. Sus parejas, hijos, colegas y toda la gente que forma parte de su día a día.

«Porque sí y punto», «Porque yo lo digo», «No tengo que dar explicaciones a nadie», «Yo sé lo que hago», son algunas de las frases clásicas de estos personajes.

¿Son ‘firmes’? ¿de ‘carácter’? y ‘misteriosos’? No. Son prepotentes, desconsiderados e inflexibles. Y esto no les hace bien ni a ellos mismos, porque cuando las cosas no resultan como quisieran se mortifican. Cuando la vida los sorprende y les quita el control sobre los resultados de las cosas, sufren. Porque la realidad es que no lo pueden controlar todo como quisieran. Están destinados a la frustración y amargura.

Ser prepotente es grave. Para el individuo es una compleja forma de sufrimiento, porque su cerrazón e incomunicación lo afecta y no le da tregua ni le permite enriquecerse de los cuestionamientos de los demás.

Y para el resto de personas a su alrededor el precio también es alto. Tener jefes que imponen y no escuchan limita la creatividad de los demás y la productividad del equipo. Y si hablamos de autoridades, es estar sometidos a malos líderes, que no entienden que su papel es representar a su pueblo, escucharlo y ser voceros de las necesidades de todos. Consideran que el poder les ha sido cedido para que hagan lo que les da la gana. Es un comportamiento infantil disfrazado de madurez.

Bastante difícil es tener que lidiar en la vida personal con personajes así. Encima tenemos que ser testigos de la prepotencia de algunas de nuestras autoridades y políticos, y luchar por que se nos escuche para lograr un diálogo entre ciudadanos.

Dar explicaciones no significa no tener autoridad. Se lo ayuda al niño a entender las cosas. No significa transar y dejarse manipular por el hijo. Poner límites es importante. Pero los padres deben intentar que el niño entienda. Firmeza no es dureza. Es el arte de poner límites con cariño y buena comunicación.

Ayudemos a que los niños de hoy entiendan por qué hacen las cosas, a que expresen y escuchen, que aprendan a entablar un diálogo de ida y vuelta, a que aprendan a ponerse de acuerdo. Así estaremos más cerca de construir el país que queremos.

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