Natalia Parodi: "Reencuentros de familia"

Después de un reencuentro hay que ir deslizándonos del recuerdo idealizado a la realidad con sus deliciosas imperfecciones

Natalia Parodi: "Reencuentros de familia"

Los papás de Silvana, emocionados, la esperan en el aeropuerto. No la han visto desde hace dos años, cuando se fue a estudiar un posgrado a Alemania. Jorge espera nervioso, mirando por la ventana de la sala a que llegue su esposa, quien hace ocho meses radica en Londres por cuestiones de trabajo. Karina y su hermana Pilar han decidido vivir juntas ahora que la segunda regresó de trabajar en un crucero por tres años. Es un gran reencuentro.

Reunirnos con personas que son importantes para nosotros es emocionante. Tantos recuerdos y tanta ilusión de tener cerca a alguien muy querido, cuya lejanía nos hizo sentir su ausencia. Y de pronto surge la posibilidad de volver a verse: Alegría, nervios, gusanos en el estómago, ganas de abrazarlo, de escucharlo en vivo y en directo, de mirarlo a los ojos, de hacer planes divertidos juntos, de revivir lo de siempre y cosas nuevas, de no soltarse nunca más.

Hasta que llega el día y los abrazos y besos no son suficientes. Y se nos aguan los ojos y no queremos soltarnos de la mano. El papá de Silvana la aprieta con todas sus fuerzas mientras su mamá con ternura le acaricia la cabeza. Jorge besa a su mujer muchas veces mientras ella suelta risitas con ternura y agitación. Karina y Pilar brindan en piyama en el sofá, mientras intercambian regalos, chocolates y detallitos, contándose todo sobre sus amores, viajes y anécdotas de los últimos años, hasta que ven salir el sol.

Al estar lejos hubo correos, fotos, conversaciones por teléfono, Skype, visitas fugaces, y todos los métodos posibles de comunicación. Y de pronto, en carne y hueso, los primeros momentos del reencuentro son tan felices como nos los habíamos imaginado.
Hasta que de pronto alguna tontería que hizo o dijo el otro nos molesta. A Silvana los defectos de su mamá ya no le dan tanta ternura, ni a su mamá le acomoda que ella entre y salga de su casa sin avisar. O a la esposa de Jorge deja de divertirle lo olvidadizo que es él, y él se resiente por lo intolerante que puede ser ella. Y a Karina en realidad ya no le divierte tanto lo maniática que siempre ha sido Pilar, ni a Pilar le agrada encontrar siempre tirados los zapatos de Karina en el suelo de la sala de estar.

La distancia nos hace olvidar las pequeñeces incómodas de la vida cotidiana. Pero al reencontrarnos esos detalles chiquitos de repente se notan y pueden sacarnos de quicio. ¿Qué le costaba a la mamá de Silvana apagar el celular cada vez que iban al cine? ¿Por qué Jorge no apunta lo que le promete a su esposa y por qué ella no se ablanda con él? ¿Y por qué Karina no procura mantener su desorden en su propio cuarto, o por qué Pilar no se relaja con sus obsesiones? Los motivos no importan. 

Lo interesante es cómo al poco tiempo puede ocurrir que la cercanía con esa persona –a la cual solo soñábamos con abrazar mucho– se nos haga tan rutinaria que hasta sintamos por momentos que nos aburre, nos invade o que nos harta un poco. Y nos olvidamos de cuánto la extrañábamos.

De eso se tratan los reencuentros. De amoldarnos al inicio para después reacomodarnos. Y poco a poco ir deslizándonos del recuerdo idealizado a la realidad con sus deliciosas imperfecciones.

Ya sucederá que nos volvamos a despedir. Pero mientras no ocurra, lo mejor será aprovechar cada momento compartido, con confianza, honestidad y cariño, para reírnos, pedir consejos, llorar, abrazarnos, decir lo que nos molesta, establecer acuerdos, pedir perdón, ceder, y abrazarnos mucho otra vez, celebrando la alegría de estar al fin juntos. 

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