Natalia Parodi: "La vida con vecinos"

¡Qué absurda paradoja de la vida sentirme invadida por la privacidad ajena!

Natalia Parodi: "La vida con vecinos"

Natalia Parodi.

 

Cuando de chica veía la vecindad de El Chavo, el programa me resultaba una imagen fantasiosa, sobre lo que podía ser la relación con los vecinos. Crecí en una época donde era común salir poco a la calle, enrejar hasta las ventanas, poner cantol a la puerta y masking tape en las lunas. El toque de queda confirmaba el peligro de afuera. Salir a la calle a jugar no era una opción. La vida y el vacilón sucedían a puerta cerrada. Nunca tuve amigos del barrio ni relación con mis vecinos.

A la adultez, las cosas han cambiado, pero sigo desacostumbrada a la vida de vecindad. Salgo del trabajo y al llegar a casa lo que siempre he querido es cerrar la puerta y descansar, dedicarme a mi familia y a mis pendientes y olvidarme del mundo. Y todavía acostumbro poner cantol.

Pero vivir en una casa con puerta de calle es distinto que en un edificio o en un condominio, donde la cercanía entre vecinos es mayor. La amabilidad y la solidaridad son fundamentales, sobre todo en casos de emergencia. Aun así me parece importante respetar los espacios. Y creo que a veces esa línea puede ser difícil de marcar.

Una vez me ocurrió algo muy incómodo. Tenía invitados en casa a cenar y había extraviado el sacacorchos. Con mucha vergüenza me atreví a tocar la puerta de un vecino que solía ser muy amable. Me disculpé de antemano por el abuso de confianza y le pedí que por favor me prestara uno. De manera gentil accedió y se lo devolví inmediatamente, muy agradecida. Prometí no molestarlo nunca más. La sorpresa vino cuando un par de meses después, una noche ya tarde, alguien llamó a mi puerta. Abrí y encontré a este vecino borracho pidiéndome retribuir al favor que me había hecho. Lo que él necesitaba esta vez era dinero. Quería que le prestara plata para comprar más alcohol y continuar con su juerga. Le dije desconcertada que no tenía efectivo (no suelo hacerlo). Insistió y exigió que yo le devolviera el favor y sugirió que saliera en ese momento a sacar plata del cajero automático para ayudarlo. Era medianoche y por supuesto no lo hice, pero el momento fue incómodo y amargo.

Ese día decidí que una sana distancia era para mí la mejor manera de sentirme tranquila en relación a los vecinos. Es cierto que hay tantos tipos de vecinos como de personas en el mundo. De hecho, los míos han sido muy variados: familias cordiales, gente solitaria, algunos renegones, otros fiesteros. Algunas veces eran personas que estaban en conflicto constante con otros vecinos. Otras veces gente cálida y sociable que me ha invitado a su casa para tomar té. Alguna tarde también ha entrado por mi ventana un olor a marihuana proveniente del piso de abajo. Otro día he sido testigo de las indiscreciones de un señor casado. Mis favoritos han sido un pianista y un violinista, por la suerte de poder escucharlos practicar sus instrumentos. 

Los sonidos incómodos han sido las fiestas y las pisadas de los tacones del piso de arriba, y sobre todo, las discusiones íntimas que se escuchan por el ducto de ventilación del baño. ¡Qué absurda paradoja de la vida sentirme invadida por la privacidad ajena! Aunque más desagradable ha sido tener vecinos que hablaban lisuras a todo volumen sin ningún tipo de filtro. Pero lo peor de todo, lo que he lamentado, ha sido cuando he tenido que escuchar la forma horrible con que una madre le hablaba a su niño. Rozaba el límite de lo denunciable, pero no llegaba a serlo. Yo no podía dejar de escuchar, pero tampoco podía intervenir. Una triste y frustrante situación de vecina preocupada que corre el riesgo de que la acusen de entrometida. 

La más entrañable de mis vecinas ha sido Martha. Una dulce y tierna señora con una sonrisa inquebrantable. Sé que su historia no ha sido fácil. Que en su vida ha habido desilusiones, penas y dificultades, pero tiene la virtud de no cargar amargura. Es profesora de ballet y tiene amigas que la quieren mucho. Hasta hoy es amigable y generosa, y siempre tiene alguna palabra simpática para ofrecer. Cuida su jardín a diario y cuando le brillan los ojos me hace imaginar la gracia con que bailaba en el escenario. Tal vez uno de estos días me atreva a visitarla, no para pedirle una tacita de azúcar, sino para preguntarle cómo está y devolverle un poquito de esa calidez que ella me regala a mí.

 

 

 

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