Verónica Linares: "Bucéfalo y mi abuela"

Bucéfalo no está enfermo. Solo es un perro viejo que quiere jugar. Pero está en el ocaso de la vida. Su vida ya pasó

Verónica Linares: "Bucéfalo y mi abuela"

Sabe que su presencia me incomoda. Nuestra relación ha sido distante desde el primer día que nos vimos. Sin embargo, existe respeto mutuo entre nosotros. En estos años ha entendido que de mí solo debe esperar un saludo y punto. Eso sí: siempre muy lejos de mi hijo. No tiene intención, pero como no controla su fuerza podría hacerle daño y obligarme a tomar decisiones drásticas.

Todos dicen que soy muy estricta con él. Creo que soy la única de la familia que no se ha dejado conquistar por su mirada tierna y la mancha blanca que decora su pecho. Bucéfalo es un bóxer de raza pura que está a punto de convertirse en un anciano.

Durante su primera semana en la casa hizo que mi mamá tropezara y cayera. Le salió un chichón en la frente del tamaño de una pelota de tenis. Como yo ya no vivía con ella, a nadie le importó que yo me opusiera a que tuviera una mascota tan gigante. Hoy más que nunca, sigo pensando que es peligroso que un animal de esas características esté al cuidado de personas mayores.

Pero no sé si ahora sea una buena idea buscarle otro hogar. No solo por su edad, sino porque luego de ocho años Bucéfalo tiene un vínculo estrecho con mi mamá. A pesar de que cada paseo significa forcejear para evitar que pelee con otros perros, a pesar de que sus ladridos que retumban la casa le parecen insoportables, limpia sus heces del jardín. Sospecho que ella misma no sabe qué quiere o tal vez no se atreve a decírmelo.

Yo quiero que Bucéfalo esté contento. Tampoco soy Cruella de Vil pero quiero proteger a mi mamá y a mi abuela. Desde hace meses estoy en contacto con asociaciones defensoras de los animales, busco por Facebook y Twitter a los amantes de los perros para que me den una solución y nada. Hasta me sugirieron que lo lleve al veterinario a ponerle una inyección. Dicen que sufriría menos que una nueva casa. Pero Bucéfalo no está enfermo. Solo es un viejo que se cree joven y solo quiere jugar.

Hoy en el canal me encontré con una amiga de la producción que sabe del tema y cuando le pregunté si alguien quería a Bucéfalo me dejó triste todo el día: «la mercadería vieja no sale, Vero». Es difícil que alguien acepte hacerse cargo de un gran perro anciano.

Siempre he tenido una particular sensibilidad por los ancianos. Creo que es porque de niña me crio mi abuela materna. Mis papás trabajaban y quien se quedaba conmigo era ella: La Cachetona. Una mujer que enviudó a los 40 y se dedicó a mi hermana y a mí. Ahora casi ni no vemos. Tiene un alma servicial y el carácter fuerte y risueño. Dice mi amiga Carolina que solo me parezco a ella.

«¿Verito, cuándo vas a tener un hijito?», me preguntaba desde que cumplí 30 años. Ahora es feliz  de verme madre. Le preocupaba mi futuro, aquel en el que ella no estaría para cuidarme. Le inquietaba saber quién vería por mí cuando fuera viejita. Yo, moderna, superada y autosuficiente, le hacía bromas y cambiaba de tema. Hasta le decía que si quería bisnietos para eso estaba Bucéfalo.

Los niños tienen la vida entera para cambiar su destino: la pobreza, el maltrato, la educación. Para ellos todo puede mejorar. En cambio, un adulto mayor está en el ocaso. La vida ya pasó. Y como dijo mi amiga del canal: nadie quiere lo viejo.

Hoy desearía estar más tiempo con mi abuela, pero el ajetreo del día y las malditas ‘prioridades’ me lo impiden. Además está Bucéfalo. No le enseñaron a comportarse con niños y es peligroso tenerlo amarrado mientras está Fabio. Mi hijo quiere jugar con el perro y a la vez le tiene miedo.

La Cachetona le grita a Bucéfalo y sigue contándome –una vez más–que ella fue la hija más querida entre sus ocho hermanos. «¿O fueron 11, hijita?». Ya no se acuerda. Fabio interrumpe la conversación. Está llorando porque el perro es muy grande. Entonces me tengo que ir.

Mi abuela me pregunta cuándo regresaré y no sé qué responder. Solo nos abrazamos fuerte y creo que intuye que pasarán varios días. Cómo extraño a mi abuelita.

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