Verónica Linares: "Falta de sueño"

Si Fabio no duerme lo suficiente se aburre de todo. Lo entiendo, sé lo que se siente tener tanto sueño

Verónica Linares: "Falta de sueño"

 

Llevo levantada más de cuatro horas y son apenas las ocho de la mañana. A esta hora me toca tomar mi segundo desayuno que más parece un almuerzo: filete de pollo con palta. En mi casa todos duermen plácidamente. Debería sentirme afortunada de que mi familia pueda seguir en la cama hasta esa hora, pero me invade la envidia. Fabio está de vacaciones y su papá –que lo lleva al nido todos los días– aprovecha esos minutos más de sueño mientras yo intento esconder mis ojeras. 

Dormir ha sido el hábito más importante en mi vida y con el horario madrugador de los últimos años, con mayor razón. Cuando empecé a trabajar en el programa matinal, caía rendida a las cinco de la tarde y –como era soltera– me entregaba a los brazos de Morfeo sin culpa alguna hasta el día siguiente. 

Una buena noche de sueño reduce el estrés, la depresión, tienes mayor capacidad de aprendizaje, de concentración, aumenta la resistencia física y encima mejora el metabolismo, cuando duermes bien hasta esa dieta insoportable comienza a hacer efecto.  

Ahora todo eso es cosa del pasado. No solo porque también trabajo a las siete de la noche en otro programa, sino porque si durmiera 12 horas mi hijo entraría corriendo a mi cuarto a preguntarme: «Mamá, ¿sigues durmiendo?». Así me despierta los fines de semana. 

Ayer Fabio no quiso hacer siesta y por consecuencia yo tampoco dormí. Fue una tarde dura para los dos. Estuvo fastidiado y renegaba de todo: se tiró al suelo de la rabia cuando su carrito se iba a la derecha y no la izquierda como quería, lloró cuando le pedí que deje de jugar con el caño del garaje, rompió un adorno de mi mamá y escondió su celular en el jardín. Si no duerme lo suficiente se aburre de todo. Lo entiendo, sé lo que se siente tener tanto sueño. 

Yo me trasformo en una especie de zombi. Mi sonrisa habitual desaparece y todo me parece mal. La comida no me satisface, reniego con el vecino que dejó asomado medio centímetro de la trompa de su auto en el área de mi garaje. Me pone de mal humor mirar en el reloj que ya pasaron dos horas desde la última vez que lo consulté y eso significa que tengo menos posibilidades de dormir. Es un trance que también afecta mi cuerpo. 

Cada persona tiene un ciclo de sueño, algunos solo necesitan dormir cuatro horas y al día siguiente funcionan perfecto. Yo duermo cinco diarias y llego con las justas al fin de semana. Los jueves mi cerebro se pone en slow motion. La lengua se me traba. Quiero decir algo y me sale otra palabra parecida: «¡Fabio qué lindo tu saco!» Y en realidad quería decir casco. En el baño agarro el cepillo de dientes azul en vez del rojo. Él grita: «No mamá, ese es de papito» y se carcajea. Meto las piernas a un solo lado del pantalón y cuando me doy cuenta escucho: «Mamá se equivocó». Le estoy dando harto material a mi hijo para que haga su propia versión de «¡Asu mare!». 

Hace unos días un cardiólogo me dijo que no dormir bien hace tanto daño al cuerpo como fumar. Me traumó. Sabía que el sueño repercute directamente en el sistema inmunológico, en la piel, en las hormonas de la juventud, pero no sabía que tantas malas noches podrían afectar todos los órganos del cuerpo. 

Si Fabio tuvo pesadillas o le dio fiebre, entonces al día siguiente no solo me cuesta levantarme a las cuatro de la madrugada, luego de dormir solo dos o tres horas. La luz del día molesta aun cuando el cielo está nublado. Es como si tuviera una pelusa en ambos ojos. Las fuerzas del cuerpo me abandonan, siento que camino doblada, es imposible que use tacos y las zapatillas me pesan. Hasta mover los dedos para escribir en la laptop requiere de una dedicación adicional. 

El dolor de cabeza es atroz, como si una daga me atravesara desde la coronilla pasando por el paladar y terminando en la garganta. Y veces me dan náuseas y ganas de llorar.

Me acabo de levantar de una siesta de 30 minutos. Creo que no logré dormir del todo porque estaba angustiada de saber que disponía de poco tiempo para descansar. Tenía una cita que cancelaron hace diez minutos. Si me hubieran avisado antes, ahora mismo seguiría durmiendo. Empecé a reír de mi desgracia. Parece que mi cerebro sí logró descansar.

 

 

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