Verónica Linares: "Una hermana como la mía"

Somos tan distintas y a pesar de eso, mejores amigas. Es un alivio tenerla de apoyo. Solo quiero verla sonreír

Verónica Linares: "Una hermana como la mía"

Mi departamento de soltera está quedando chico para una familia de tres. Así que cuando sale sol, Fabio y yo salimos volando al parque, como pollitos en fuga para aprovechar los días tibios de este invierno raro de Lima. Lo que más le gusta es jugar a las ‘subiditas y bajaditas’. Agarra su carrito rojo, busca las rampas y se lanza alzando los pies. Ese entretenimiento dura hasta que el juguete de otro niño capta su atención. Yo procuro estar a cierta distancia -ni muy cerca ni muy lejos- para ver cómo actúa e interactúa sin tener a mamita al lado.

Un día estuvo parado largo rato frente a dos niñas. Estaba casi inmóvil, observándolas. Me acerqué despacio. Una tendría siete años y la otra cuatro. La mayor resondraba a la menor porque invadía su espacio. La otra lloraba y trataba de acercársele. La más grande empezó a correr con su muñeca en la mano y la más pequeña la perseguía.

Fabio y yo estábamos sentados en medio del parque mirando la escena. Definitivamente eran dos hermanas. Agarré mi celular y le mandé un WhatsApp a Sofía recordando nuestra infancia. Nos dio ataque de risa y nostalgia.

Mi hermana y yo nos llevamos tres años de diferencia como esas niñas y por supuesto que nos hemos peleado incontables veces. Creo que una vez nos agarramos de los pelos solo por un pedazo de chocolate. Mi mamá sufría para hacerla comer, ella rara vez elegía lo más nutritivo. Recuerdo muchas ocasiones haber jugado a la comidita con lentejas, huevo y arroz. Tendíamos un tapete en el jardín y almorzábamos ahí. Nunca puede hacerla tomar sopa.

Millones de veces he muerto de aburrimiento cuando la acompañaba a la casa de la vecina a jugar con la Barbie. No me interesaba cambiarle de ropa o peinado y menos aún darle un beso al tieso de Ken. Lo mío era jugar en la calle matagente, a las chapadas o montar bicicleta. Pero siempre estábamos juntas. Nunca se me hubiera ocurrido dejarla llorando en la esquina de un parque.

Dicen que la llegada de un hermano despierta conflictos emocionales. Sé de primogénitos que han metido a sus hermanitos recién nacidos en la lavadora o en el horno de la cocina por celos. En cambio yo recuerdo besar la panza de mi mamá cuando Sofía estaba dentro. Ella me repetía que pronto recibiría una compañera para toda la vida. Y cuando nació, mi papá nos hacía jugar a los besitos hasta el hartazgo.

Hoy pasamos por un momento familiar complicado. Mi abuela se ha fracturado la cadera y mi mamá está muy nerviosa. No podrán operarla, así que necesitará ayuda 24 horas al día.

Sofía y yo trabajamos y tenemos hijos menores de tres años, pero hemos decidido que una de las dos esté presente cada vez que llega un médico, a la hora del almuerzo y la cena. Así que por estos días hacemos coordinaciones veinte veces al día. Es un alivio tenerla de apoyo.

Somos tan distintas y a pesar de eso, mejores amigas. De niña dejó de ser la gordita de la familia demostrando su fuerza de voluntad a prueba de balas. Ahora a veces su ropa no me queda. Recuerdo cuando ingresó a la universidad que yo no pude. O cuando se quedaba estudiando leyes los fines de semana. Cada vez que yo entraba o salía de la casa ella estaba leyendo en la biblioteca. Durante los seis años universitarios estuvo en el tercio superior. En cambio yo siempre he sido fan de la ley del mínimo esfuerzo.

Aun así no existe en mi mente rastro alguno de celos. Será acaso por ese mensaje constante de mis papás de que «es lo único que tenemos en la vida». Siempre me he sentido muy orgullosa de sus logros.

Antes de que naciera Fabio, imaginaba que el amor de madre era similar a que sentía por mi hermana. Sufro al verla llorar y por supuesto me gustaría asesinar al que le hace daño. Yo solo quiero verla sonreír. Mi hermana menor es mi abogada de cabecera, sé que siempre estará para ayudarme. Si el tiempo no me juega una mala pasada y la economía calza, espero darle un hermano o hermana a Fabio así como la mía.

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