Verónica Linares: "Lecciones parroquiales"

Yo aprendí del catolicismo a ser tolerante, a que podemos convivir en este mundo siendo diferentes

Verónica Linares: "Lecciones parroquiales"

Cuando tenía 8 años nos mudamos y al poco tiempo llegó a la nueva casa un volante por debajo de la puerta. Invitaba a los niños a «jugar de la mano con María» en la parroquia que quedaba al otro lado del parque. Recuerdo –como si hubiera sido ayer– que el papel tenía muchos colores. Se lo enseñé a mi mamá y le pareció una buena idea que asistiera para conocer nuevos amiguitos.

Mi familia es católica, pero no iba a misa todos los domingos. Mi colegio era laico. En ese momento, la más religiosa de mi entorno era mi abuela. Cada diciembre hacía un altar a la Virgen de la Puerta de Otuzco. Decía que le había hecho muchos milagros. Durante todo el mes, rezaba el rosario a las seis de la tarde. Mi hermana y yo nos quedábamos con ella porque mis papás trabajaban. Así que antes del lonche la acompañábamos a rezar. Cuando no terminábamos dormidas era porque estábamos jugando entre nosotras. Mi abuela feliz con tal de tenernos al lado. Ahí aprendí el verdadero significado de una letanía.

Así que cuando me integré a aquel grupo de la iglesia fue más por curiosidad. Éramos niños de 6 a 12 años de colegios pitucos y estatales. Jugábamos sin parar y no sé cómo los catequistas lograban contarnos quién era la Virgen María y por qué era importante. Nuestros gritos se escuchaban hasta el parque.

Una vez al mes visitábamos el área de hospitalización del Hogar Clínica San Juan de Dios: «Vamos a ir a jugar con otros niños». Íbamos apretados en el carro de Kike, a quien de cariño llamábamos «Pelao». No llevábamos para repartir otra cosa que una sonrisa. Y de verdad eso era lo único que necesitaban. He hecho estas visitas hasta que, por cambios administrativos, dejaron de permitirse.

Llevé a mis amigos del colegio y de la universidad: «Verónica y sus cosas» decían y me acompañaban.

Una vez nos llevaron «de paseo» a conocer a un señor que era ateo. Querían mostrarnos a alguien que pensaba diferente. Nos moríamos de ganas de conocer a aquel que no creía en Dios. Nos recibió muy amable y nos llevó a su biblioteca, toda llena de fotografías gigantes: él en las Pirámides de Egipto, el hombre ateo junto a Juan Pablo II, Ronald Reagan, Gandhi. Yo tenía alrededor de 11 años y aquel señor resultó ser una persona extraordinaria.

Cuando le pregunté por qué viajaba tanto, me contó que era periodista. No creo que haya sido la primera vez que escuché esa palabra, pero sí la primera que quedó registrada en mi memoria. Años más tarde supe que habíamos visitado al destacado periodista Manuel Jesús Orbegozo, cronista viajero y testigo de los hechos más importantes del siglo pasado. Por alguna coincidencia extraña, Orbegozo era de Otuzco, como la Virgen de la Puerta que mi abuelita venera cada año.

Ahora que llevo ejerciendo el periodismo desde hace casi dieciocho años comprendo por qué MJO no creía en Dios. Había visto tanta violencia, tanto odio, tanta codicia. Una parte de nuestro trabajo es mostrar todo eso.

De niña pregunté en el grupo parroquial si acaso Dios disfruta de ver cómo nos peleamos o por qué no hace nada para impedirlo. Los chicos de la Legión de María respondían con una palabra: Libertad. Nada de culpas o castigos divinos.

Al ver al Papa Francisco en su periplo sudamericano no pude dejar de recordar cuán importante fue la Iglesia en mi vida. Yo aprendí del catolicismo a ser tolerante, a que podemos convivir en este mundo siendo diferentes física e ideológicamente. Y a que hay que respetar al otro así se vea o piense distinto.

He visto sacerdotes gruñones, envidiosos, vanidosos, sobones, celosos, malvados. Pero una frase de Francisco me trajo a la memoria a los sacerdotes bondadosos, sencillos y astutos que también conocí: «La Virgen María no es una suegra que nos vigila para alegrarse con nuestras impericias o errores». Tan simple y divertido como eso. Ojalá el Papa argentino siga siendo así de activo y directo, con mensajes simples que resalten menos nuestras discrepancias. Ojalá todos pudieran ver la Iglesia Católica inteligente, acogedora y universal que yo conocí.

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