Verónica Linares: "¿Y tu anillo tía?"

No todos tenemos que hacer lo mismo. Ni un diamante ni una boda lujosa garantizan el éxito de una relación

Verónica Linares: "¿Y tu anillo tía?"

Rafaela tiene cuatro años, pero a veces parece de quince. A menudo sorprende a su padre  -conservador a ultranza- con comentarios de niña grande: «Ese chico está para comérselo con papas fritas, papito», le dijo una vez jugando a orillas del mar. Él casi se desmaya. 

El papá de Rafaela y yo nos conocemos desde que ambos estábamos en el nido, así que tengo la confianza  suficiente para disfrutar de su cara –verde de los celos– al imaginar a su bebé pensando en otro que no sea él. Pero una vez fui yo el blanco de su curiosidad.

Estábamos reunidos con nuestros hijos en la casa de una común amiga. Los hombres hacían una parrilla y las mujeres con los niños. Rafaela comenzó a bombardearme con preguntas:
–¿Tía, cuántos años tiene Fabio? 
–Dos, hijita. 
–¿Y va a tener hermanitos? 
–Aún no sé, de repente. 
Luego me miró la mano y preguntó: 
–Y tu anillo, tía, ¿dónde está? 
Le enseñé el que tenía puesto: uno grande de plata pero refutó: 
–Ese no, el anillo... ¿o está en tu casa guardado? 
Entonces entendí que buscaba al anillo de compromiso o de matrimonio y me quedé muda.

Pensé en darle una respuesta simple y sincera: No tengo ese anillo porque no me he casado con el papá de Fabio. Somos convivientes. Pero supuse que su papá ya le habría explicado las cosas de manera más tradicional: primero se entrega el anillo de compromiso, luego los novios se casan y finalmente tienen hijos. 

Incluso me adelanté en el tiempo –las mujeres hacemos eso- y adiviné una fuerte discusión entre padre e hija, dieciocho años más tarde: «¡Y cómo la tía Verónica sí pudo!». Así que preferí hacer un chiste y no entrar en tanto detalle.

En voz alta le dije al papá de Fabio que Rafaela estaba preguntando por mi anillo. Desde el otro lado de la reunión le mostré la mano y apunté el dedo desnudo. Todos rieron porque imaginaron que estaba haciendo algún reproche, el típico «¿cuándo nos vamos a casar?» o «sigo esperando el anillo». Todos reímos.

Me sorprende que después de cinco años juntos, aún me pregunten cuándo vamos ‘a formalizar’. Como si criar a un hijo -juntos- no fuera algo bastante formal y serio. Casarse no es una condición para hacer una familia. No tengo nada en contra del matrimonio, de hecho estuve casada. Pero ahora nuestra prioridad como pareja apunta a otro lado. Seguro lo haremos en algún momento; o más bien, cuando hallemos el momento. 

Lo que no puedo negar es que los protocolos en general me estresan. Ni cuando estuve casada tuve anillo de matrimonio. Creo que no todos tenemos que hacer lo mismo que la mayoría. Ni un diamante ni una boda lujosa garantizan el éxito de una relación. ¡Es tan fácil sacarse y ponerse el anillo según convenga! Y los más frescos –por decir lo menos- ni se lo sacan.  

Alguna vez me dijeron que el anillo en la mano de un hombre significa que es alguien que acepta responsabilidades y que eso se convierte en imán de mujeres desesperadas que buscan pareja. O sea que, si hacemos caso de tonterías, hasta es peligroso. Pero incluso un estudio de la Universidad de Emory (Atlanta, EE.UU.) indica que entre más costoso el anillo de compromiso más corto suele ser el matrimonio. 

Lo cierto es que ahora no sirve ni para exhibirlo en una ciudad tan insegura como esta. Creo que comprometerse con alguien va más allá de una joya cara. Para mí el compromiso es una decisión de respeto mutuo, sin condiciones y sin tanta alharaca. 

 

 

 

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