Verónica Linares: "Falsas apariencias"

La vanidad –como saben– no es una cualidad de la que nosotras las mujeres tengamos el monopolio

Verónica Linares: "Falsas apariencias"

El protagonista de esta historia es un político reconocido. Fue ministro hace años y hoy escribe en diferentes periódicos. Es un profesor universitario que a menudo analiza la coyuntura nacional en la tele. Cuando lo ven defender a capa y espada la reforma electoral pareciera ser un hombre duro que no aguanta bromas. Su gesto adusto confunde, porque en realidad es una persona muy risueña y amable. Yo diría que es hasta coqueto y divertido. Siempre que nos saludamos tiene una frase de halago. Nuestra amistad es el fruto de las conversación off the record en el área de maquillaje del canal. A veces los chismes políticos son más sabrosos que los de la farándula.

Todos los invitados -hombres y mujeres- pasan por maquillaje, sin excepción. Es como una regla televisiva. El tiempo que cada uno invierte allí, dejando que las especialistas les hagan un peinado distinto o les agranden los ojos con sombras, depende de cada uno. He visto a funcionarias que llegan una hora y media antes de la entrevista, con la cara lavada y el pelo mojado para que las produzcan por completo. Pero también hay congresistas que solo aceptan que les oculten el brillo del sudor. Hay militares que piden tips para evitar la calvicie y politólogos que se estresan porque el corrector de la base no logra taparles las ojeras. La vanidad –como saben– no es una cualidad de la que nosotras tengamos el monopolio. Aunque por ‘default’ siempre crean que somos nosotras las obsesionadas con la belleza externa. En realidad, abundan los dichos, mitos y estereotipos que se les atribuyen a las mujeres y a menudo son sin motivo. Esas exageraciones sirven incluso para hacer chistes a costa nuestra. Pero qué tal si por hoy volteamos la tortilla.

Un día encontré al amigo político en mención un poco fastidiado con la estilista del cabello. Sentado frente al espejo le decía algo así como: «Me van a llamar la atención por tu culpa». Para empezar, me sorprendió, puesto que yo no imaginaba que fuera de los que pedían que lo peinaran. En mi imaginación, él era de aquellos que ni saben qué les están poniendo en la cara y solo dejan que les apliquen los polvos compactos como si se tratara de un mero trámite preentrevista.

Le pregunté qué pasaba. Mi intención era ayudarlo a solucionar el impasse pero cuando me di cuenta de que se estaba haciendo el desentendido, llamó mi atención. Trataba de no mirarme. Algo raro sucedía. Sus ojos se pusieron vidriosos y, como hace meses lo entrevisto con cierta frecuencia, reconocí que no sabía qué responder. La escena se puso tensa y la verdad, muy entretenida.

La estilista se excusaba, exaltada: «¡Me olvidé, disculpe!» Insistí en saber qué sucedía. Él no decía una palabra y tácitamente dio carta libre a la joven para contar lo ocurrido. Resulta que él ya le había advertido en otras ocasiones que no le tocara el pelo porque a su esposa eso no le gustaba. Ya imaginarán mi cara. Tan inflexible con sus adversarios y tan dócil y obediente con su mujer. Yo tenía un signo de interrogación gigante en la cabeza. Ruborizado y tratando de reacomodar su cerquillo dijo que su mujer ya se lo había peinado como a ella le gustaba.

¿Eso es verdad? le pregunté con un tono de intriga que me traicionaba: por dentro me reía a carcajadas. Respondió que sí. Ensayando una defensa me preguntó si acaso yo no hacía lo mismo con mi marido. Tuve que decirle que no: por mi horario nunca lo veo irse al trabajo, así que no sé cómo se peinó o qué ropa se puso. Creo que así tuviera el tiempo de hacerle recomendaciones de imagen no lo haría, salvo que él me lo pidiera.

No, amigo político, no todas las mujeres somos así. Tampoco quieras engañarte aduciendo que es muy «femenino » que la mujer le diga al hombre qué ‘look’ debe usar. Yo me siento muy femenina y nunca haría eso. Más bien creo que es el hombre el que quiere y disfruta que su mujer decida por él en ciertos aspectos. No he hecho psicoanálisis sobre el tema, pero supongo que tendrá que ver algo con la infancia del hombre y su relación con la madre. No es un juicio o una especulación.

Así es que, la próxima vez que escuche a un hombre quejarse de que su mujer le exige algo, lo obliga o le cuestiona tal o cual cosa, sabré que en realidad es él el que quiere esa situación. No siempre somos culpables.

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