Verónica Linares: "Vanidosas torturas"

Todos estos inventos estéticos tiene un problema: si te gusta como quedas, te fregaste

Verónica Linares: "Vanidosas torturas"

«¿No te has hecho el plasma?» me pregunta una colega mientras ausculta mi cara. Yo escuché plasma y pensé en pantallas de televisor y luces psicodélicas. Jamás imaginé que se refería al suero que resulta cuando a la sangre le quitamos los glóbulos blancos y los rojos. Tampoco sabía que se trata de lo último en cosmética. De verdad que estamos locas.

La nueva moda en Lima es sacarse un ‘poquitín’ de sangre (así habla mi colega) y luego ponérsela a pinchazos en la cara. Se supone que eso te humecta la piel a profundidad: «Te tensa la cara». La escuchaba y se me iba bajando la presión.

Cada vez que por un tema médico me han tenido que sacar sangre, me mareo. Me da nervios ver cómo el tubito se llena de líquido rojo. Siento que se tapan mis oídos, es como si me metieran en una caja y todo tuviera eco. Poco a poco me abandonan las fuerzas. Cuando le conté mi trauma existencial al imaginar la escena, me miró de reojo con escepticismo. Su cara decía algo así como: «Qué tontita eres». Luego supe que incluso para las ‘tontitas’ como yo hay alternativa: por una módica cantidad te anestesian antes del tratamiento.

Quienes han pasado su rostro por plasma y bótox me cuentan que este último es más soportable porque solo te pinchan un par de veces en las inevitables líneas de expresión y listo. En cambio, el llamado ‘vampire face lift’ se aplica en toda la cara, dejándola con manchas rojas gigantes. Las fotos y videos que he visto en Internet son de terror.

No sé si algún día me ponga bótox. Quién sabe si a los 40 o a los 45 piense distinto. Pero de lo que sí estoy convencida es que eso del plasma no lo haré de ninguna manera. Que quede claro que me he autotorturado en nombre de la belleza, la eterna juventud y la moda, pero tampoco voy a exponerme al desmayo por gusto. ¿O sí? A veces pareciera que nacemos con ese chip de hacer lo que sea, hasta gritar de dolor, con tal de vernos mejor.

Supuestamente.

Cuando nació Fabio me compré la famosa faja posparto. Me salieron heridas en los gorditos de la espalda. Mi ginecólogo me recomendó sumir el vientre sin ayuda para dejar que mis músculos del vientre trabajaran solos y no me fue tan mal.

Una vez fui a un centro estético que me recomendaron otras mamás de la tele. Pagué cientos de soles a cambio de

10 sesiones de un tratamiento para reducir medidas, pero nunca empecé. Espero en algún momento recuperar mi dinero. Lo que pasa es que antes de mi primera cita llamé a una amiga cuando le estaban haciendo aquellos masajes duros y su voz al otro lado del celular me asustó: «Di-mé, ¡au! Cuándo ¡ay! vie-nes, ¡ahhh!». Creo que soy muy cobarde.

¿Qué más se inventará para recuperar la belleza, la juventud y la figura? Me pregunto si no fueron suficientes los dolorosos tacos. ¿O acaso después de una fiesta no sienten que los pies les laten hasta el cerebro? Y ni qué decir de los callos en la planta ¿y los calambres? Igual seguimos usándolos porque estilizan.

Una época se pusieron de moda las extensiones en el pelo. También me puse. Aguanté un año las lavadas de cabeza que duraban horas y significaban una jaladera de pelo insoportable. La gracia se terminó cuando fui a la playa. Un chapuzón al mar fue suficiente para tener una mazamorra en la cabeza. Tuvieron que desenredarme el pelo entre tres personas. Me acuerdo y me da escalofríos. Las cambié por extensiones de ganchitos, pero qué flojera ponerte y sacarte el pelo cada día.

También debo confesar que soy militante de la dolorosa cera brasilera. ¡Sí!: ¡Au! pero con terror debo decir que creo que ya me acostumbré. El problema de todos estos inventos de la estética, que parecen hechos por la bruja mala del bosque, es que si pruebas y te gusta cómo te queda, te fregaste. Volverás a hacértelo mil veces más sin importar nada.

¿Y si probamos y dejamos de torturarnos tanto? Intentemos un régimen parecido al de ellos que panzones, sin pelo, con pelo en la espalda, arrugados, con canas, chatos o muy altos, igual los miramos. Una buena forma de ponernos límites sería examinar nuestro umbral del dolor: ¿duele muchísimo?, ¿nos arranca una lágrima?, ¿nos provoca un desmayo? Entonces ni hablar: es momento de rebelarnos.

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