Natalia Parodi: "La crisis del sexo matrimonial"

En una relación, la gran conquista del paso de los años es la complicidad

Natalia Parodi: "La crisis del sexo matrimonial"

El sexo cambia durante el matrimonio, se dice a menudo. Que el amor se va convirtiendo en algo más profundo y que el encuentro físico es menos intenso y frecuente. También hemos oído una versión desilusionada y resignada, donde el erotismo en el matrimonio se nos presenta como algo que pierde brillo, que se desluce y que bueno pues, uno se acomoda. Que no se puede pretender vivir en un idilio eterno, que esas son pretensiones ilusas y poco reales.

Es verdad que el tiempo transforma la textura de las relaciones. No es necesario tener 40 años de casadas para darnos cuenta de que con el paso del tiempo, algo de la adrenalina se serena y el vértigo de la novedad pasa. Sin embargo, pienso que una cosa es la natural evolución de la relación – sumada a una sexualidad menos atarantada y más refinada por la experiencia–, y otra cosa es la desconexión y la desazón en la pareja.

¿De qué se trata el sexo? Alguna vez oí a alguien decir que cuando no tiene ganas no lo hace. Y que si su pareja tiene ganas, pues mala suerte. Me llamó la atención. ¿No es acaso parte del juego sexual, el seducir y ser seducido? Eso implica que a los dos no siempre les va a provocar al mismo tiempo. Y que sin embargo, se puede estar disponible para dejarse seducir e ir despertando el deseo hasta sintonizar ambos en el disfrute.

Una vez un amigo me comentó riendo: «No entiendo qué tanto rollo es ese de que no se tiene sexo porque a las mujeres les duele la cabeza. ¿Por qué el novio no les da un Panadol, espera media hora a que se le pase y listo?». Me divirtió su mirada práctica. Efectivamente podría ser así de simple. Excepto que el dolor de cabeza es a menudo una excusa. Porque cuando el sexo comienza a ausentarse, refleja una crisis más profunda que la simple falta de ganas.

El sexo es intimidad. Y no solo corporal, sino mental y emocional. Cuando una pareja está conectada, se prestan atención. No se trata solo de lo que yo quiero, sino también que me importa lo que tú quieres, y no me fastidia dártelo, porque mientras yo pienso en ti, también tú piensas en mí. Entonces hay una mutua consideración, respeto, ya sea a la necesidad de espacio del otro, o también de sentirse abrazado, acariciado y complacido.

Es posible que uno de los dos pase por una etapa difícil y su libido haya disminuido –por depresión, estrés o frustración–, y que lo que necesite, por un tiempo, sea paciencia y cariño. Pero no debe ser eterno. No le hace bien a ninguno de los dos, ni a la relación.

Hay diversas formas en que las parejas reaccionan a la crisis de sexo: algunos se resignan a no tenerlo, otros buscan en romances ese desfogue, otros más audaces se plantean la posibilidad de ser una pareja abierta – acuerdan tener relaciones sexuales con terceros, porque prefieren no mentirse, y aun así seguir juntos– y otros se dan cuenta de que eso refleja que algo se ha desconectado en el vínculo y deciden atenderlo.

Resignarse, engañarse o intentar una relación abierta, son opciones reales. Y no sabemos qué le funciona a cada quien. Sin embargo, más allá de moralismos, la cosa es no engañarse uno mismo. ¿Puedes sentirte bien manejándolo así? ¿Nada en ti se daña o entristece?

Sin importar lo que hayan vivido o haya ocurrido ya en sus vidas, creo que es posible buscar nuevas formas de encontrarse en la intimidad. Pasados algunos años, tal vez ya no les gusta lo mismo de antes, pero quizá les gusten cosas nuevas y disfruten y se sorprendan gratamente de descubrirlas. Además, la gran conquista del paso de los años es la complicidad.

Lo más importante es atender la intimidad, el vínculo, la conexión entre ambos. Si desarrollan la capacidad de escucharse, observar y expresar sus necesidades con cariño –sin exigir– más probablemente se volverán a acercar y por qué no, sentir algo que los emocione, los conmueva, los enternezca, los divierta y los haga suspirar felices y llenos de placer y amor.

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