Natalia Parodi: "Hubiera querido decirte..."

Hay palabras que llegan tarde. A veces no llegan nunca. Nos las tragamos o suponemos que la otra persona sabe lo que sentimos

Natalia Parodi: "Hubiera querido decirte..."

‘Habrás pensado que para mí no era serio, pero aunque haya pasado tanto tiempo, he venido a decirte que yo sí estuve enamorado de ti y ahora quiero que lo sepas’. Habían pasado cinco años sin verlo. De esto hace ya 12 años. Mi primera sensación al oírlo fue de desconcierto. ¿Qué necesidad de hacer esta confesión tanto tiempo después? Sin embargo, con el paso de las semanas, comencé a sentir algo inesperado y reconfortante, y me di cuenta de lo que había ocurrido: con esas palabras él había cambiado el recuerdo que yo tenía de él, lo había editado, completado y ahora tenía más sentido haber vivido esa loca aventura. De pronto, lo que parecía un tropiezo de mi adolescencia tardía del que pudiera arrepentirme, se develó como un recuerdo de cariño y especial.

Hay palabras que llegan tarde. A veces no llegan nunca. Nos las tragamos o suponemos que la otra persona sabe lo que sentimos y no consideramos importante decirlo en voz alta. Y entonces elegimos callar y guardarnos cosas tan importantes como ‘Te amo’ ‘Tengo miedo’ ‘Me dolió’ ‘No puedo’ ‘Te necesito’.

No solo sucede con los amores jóvenes. Pasa en todas las relaciones y a cualquier edad. Ocurre con los amigos o dentro de la familia. Estamos siempre juntos, estamos siempre allí y parece obvio que nos queremos. Por eso olvidamos decir ‘Me importas’ ‘Perdóname’ ‘Necesito un abrazo’. Pero a veces la vida da un giro inesperado, alguien ya no está, ya no lo vemos más y lo extrañamos, y tomamos conciencia de lo que no le dijimos. Y hacía falta pronunciar esas palabras. Sacarlas del pecho. Pero a veces callamos y entonces las dudas nos asaltan: ¿habrían resultado las cosas de otra manera si le hubiera dicho lo que sentía? ¿Nos hubiéramos peleado? ¿Nos hubiéramos acercado más?

Por orgullo, por rabia, por miedo o por vergüenza, muchas veces no expresamos lo que nos ocurre. Tal vez no estamos acostumbrados. Tal vez hemos aprendido a decir solo lo que consideramos práctico o correcto, lo que se ve mejor, pero no a expresar libremente lo que pensamos, deseamos y sentimos. Y podemos considerarlo inútil, zonzo e irrelevante, entonces mantenemos la boca cerrada e intentamos que pase al olvido.

Yo aprecio y agradezco el valor de esas palabras cuando alguien se acerca necesitando expresarlas. Desde una confesión tardía de amor hasta una disculpa que llegó años tarde, todas me hicieron sentir siempre bien, las acogí y me permití recibir ese cariño. Cuando esas palabras vienen del corazón, pueden hasta sanar heridas antiguas.

Ahora yo procuro decir siempre lo que siento, aunque dude o tema equivocarme o sentirme vulnerable. Intento encontrar el momento, la forma y el lugar adecuados para decir esas palabras. Y después siempre me siento mejor.

Que alguien se atreva a expresar sentimientos honestos y profundos es muy valioso. Aunque sean  sentimientos difíciles. Significa que a pesar de que podría dejar todo en el olvido, le importamos lo suficiente para abrirse, confiar y reconectarse con nosotros. Quiere mirarnos a los ojos o escribirnos y expresar lo que siente. Y pasado el tiempo, recibir ese corazón abierto, esa sinceridad, puede hacer bien a quien la recibe. Y para quien la expresa, sacarla del pecho puede ser un alivio que le desatraque el corazón.

Silvio Rodríguez se pregunta en una canción ‘¿A dónde van las palabras que no se quedaron?’ Sí pues... ¿a dónde van? ¿Las guardamos? ¿Se olvidan realmente? ¿Se nos atoran en el alma? ¿Las recordamos a veces? ¿Con arrepentimiento, con pena o con ternura?

Digan lo que tengan que decir. Tal vez sea mejor que esas palabras lleguen tarde a que no lleguen nunca. Podrían tender nuevos puentes o ayudar a los demás a cerrar el capítulo. Y quizá incluso, a sanar.

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