Que no te peguen no significa que estás libre de violencia

A propósito de todas las conversaciones alrededor de la violencia de género, una reflexión sobre las otras formas de agresión

Que no te peguen no significa que estás libre de violencia

(Foto: Getty Images)

Laura Zaferson

Un gerente de recursos humanos califica como sobresaliente el desempeño de una funcionaria del banco donde ambos trabajan. Como único comentario le aconseja que considere vestirse de otra manera, no por él, ni por ella, sino para evitar que las demás mujeres del área puedan sentirse incómodas. La funcionaria tiene un MBA y también un busto muy grande. Ella ha comprendido el mensaje y se ha hecho de una colección de pañuelos con los que se cubre el pecho cada día de la semana.

Una mujer extravía el celular donde tenía guardado un video íntimo con su novio. Alguien lo sube a Internet y la gente empieza a compartirlo en redes sociales sin cuestionarse por un segundo lo que están haciendo. La mujer sufre, pero luego reflexiona y toma lo ocurrido como un aprendizaje de que siempre debe ponerle clave a su smartphone y de que si se graba desnuda debe borrar el video luego de verlo.

Una chica llega a sus clases con el gesto adusto y caminando de prisa. Está enojada porque un desconocido le ha hecho un comentario procaz en referencia a sus piernas. Su profesora, que le tiene mucho cariño y consideración, le hace notar que de pronto los shorts que se ha puesto no son los indicados para caminar por la calle. La chica medita y termina pensando que en efecto tomó una mala decisión.

Una adolescente va todos los días a la panadería que está en la esquina de su casa. El panadero que allí trabaja le agarra la mano cada vez que ella le alcanza el ticket de compra. A la adolescente esto le incomoda, pero el panadero le pone un pan extra en la bolsa y ella con eso se queda tranquila. Total solo es la mano, piensa.

Esta semana se ha dicho mucho acerca de la violencia contra la mujer. Universidades y empresas de investigación han vuelto a publicar encuestas y estadísticas referentes al tema. Colectivos y observatorios han recolectado firmas para hacer llegar un proyecto de ley al Congreso. Por su parte, congresistas han organizado mítines en plazas y han usado megáfonos para condenar a los hombres que agreden físicamente a las mujeres. Se han ofrecido talleres gratuitos para empoderar a personas de escasos recursos y se han lanzado campañas publicitarias que han buscado concientizar acerca de lo molesto que es el acoso sexual callejero.

Como es comprensible, esta vorágine de estímulos ha logrado poner el tema en nuestras conversaciones y esto es un mérito que desde cualquier vitrina debemos aplaudir. Sin embargo, poco o nada se ha hablado sobre una forma silenciosa de violencia: esa que permitimos que nos pase porque asumimos que es normal o, peor aún, porque preferimos aceptarla y callarla antes que admitir que efectivamente nos ha pasado. Según la Asamblea General de las Naciones Unidas, la violencia contra la mujer abarca: “Todo acto basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada”.

Las cuatro mujeres que me han ayudado a escribir esta nota han sido víctimas de violencia y no lo saben o lo niegan. La funcionaria que prefiere llevar la fiesta en paz con la gente de su oficina, al hacerlo está admitiendo tácitamente que su cuerpo no es el indicado. La mujer del celular perdido se arrepiente de haber hecho un video sexual y se olvida que la verdadera inconducta es que gente extraña comparta su intimidad como si le perteneciera a ellos. La chica que le hace caso a su profesora y ahora usa shorts solo en su casa, está dejando en poder de otras personas la decisión de qué ropa ponerse para vivir. La adolescente que no tiene ganas de hacer un lío e intercambia caricias por pedazos de pan, está acostumbrándose a que no pasa nada si la tocan sin su consentimiento.

Estos casos lamentablemente no son aislados y no porque no incluyan ojos morados, comentarios lascivos o costillas rotas significan que debamos pensar que se trata de algo normal. No es normal. Violencia es lo que te hacen sin que tú lo quieras y también es lo que dejas de hacer, porque te has creído que hay que pedir permiso para vivir. Pensemos en esto y tratemos de hacerle caso a esa voz interior que nos alerta cuando algo parece estar mal. La mayoría de las veces, ese pálpito tiene la razón.  

Fuentes:
CTAI – Centro de Tratamiento y Apoyo Integral
Talleres vivenciales gratuitos “Mujeres de éxito
somos todas”
Calle Delta E-32, 2do. Piso, San Borja.
223 0191
centrodetratamiento@yahoo.com

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