Sin miedo a los 30

¿Reloj biológico? ¿Canas prematuras? ¿Soltería empedernida? Basta de preocuparse. Aprende a reírte un poco de tu edad

Sin miedo a los 30

Basta de preocuparse. Aprende a reírte un poco de tu edad. Acéptala y disfrútala. (Foto: Getty Images)

Lizzy Cantú

 

Tengo treinta y tres años*, no estoy casada ni tengo un hijo, y se supone que esto debería ser una tragedia. Dicen que al cumplir treinta las mujeres aterrizamos en una región donde la soltería se vuelve irreversible, el cuerpo te organiza una rebelión de celulitis y canas, y tu empleo se convierte en destino. La Rochefoucauld lo escribió en el siglo xvii: “El infierno de las mujeres es la vejez”. Hoy los treinta parecen ser la bestia peluda en el armario versión 3.0, el conflicto indispensable del que dependen las series de televisión gringa y los manuales de autoayuda. Una búsqueda veloz en Amazon arroja unos sesenta títulos que se encargan de la crisis femenina en esa edad: Encarar los treinta; Crisis de la mediana edad a los treinta; Treinta cosas que hay que saber antes de los treinta; La mujer de la generación x cumple treinta: mitos, misterios y colapsos mentales. Es una epidemia global: las mujeres que nacimos entre 1978 y 1982 seríamos el tercer país más poblado del mundo. Y nos han vendido la falsa urgencia de que los treinta son la fecha de caducidad de nuestros sueños y metas mientras todavía podemos llevar minifaldas y zapatos de tacón alto. A los treinta, mujer de treinta, envejeces y todo el mundo se encarga de recordártelo.

Pero ser una treintona solo le importa a quien sopla las velitas del pastel. La víspera de mis treinta me encontró angustiada en mi cubículo sin libro ni hijo ni árbol. Tomando café frío y obsesionada con el cliché. Muy cursi la escena. Muy soltera-profesional-siglo xxi. Muy Bridget Jones, Rachel Green y Carrie Bradshaw (santodiosquéspanto). Empecé a correr (después de los treinta, dicen las revistas, hay que esforzarse para estar en forma), contra mi convicción de que las personas felices no necesitan correr. Correr como si no hubiera mañana. Correr de espanto porque no quería convertirme todavía en persona adulta. Porque se me acababan las excusas y los mientras y la oportunidad de subirme a bailar en la mesa, borracha, sin mayores consecuencias. A los treinta no eres una achispada chica alegre, sino una mujer alcohólica. A los treinta cumplir años pierde la gracia si sientes que no has logrado nada. En esa fecha dejas de ser una joven promesa. Cada una de las cosas que empezaste a hacer “por mientras” ahora te define. Te has convertido en una profesional del trabajo temporal, del primer empleo, del hobby de la tarde. Me gustan los treinta porque es cuando La Vida te hace por fin un guiño. La traicionera que se ha pasado años anunciándose, mostrándote una pierna y luego bajándose la falda, se decide por fin a darte el sí.

Llegar a los treinta solo es una tragedia si vives en ciertos países de África, porque significa que te quedan seis años más de vida. También lo era en la década de los sesenta, cuando las latinoamericanas promedio vivían sesenta y dos años. Pero las estadísticas del siglo XXI, reportadas con fanfarria por los organismos especializados, indican que a los treinta no hemos llegado aún al intermedio de nuestras vidas. ¿Entonces por qué nos sentimos viejas? Cuando tienes veinte crees que en una década todos tus problemas estarán resueltos, y antes de eso el número es solo un lejano punto en el horizonte, un número cuya magnitud no apreciamos. Nuestra mente joven no comprende esa cifra y formula planes absurdos: para entonces –porque los treinta quedan lejos– tendremos un millón de dólares, cuatro hijos y dos casas. A los veintiocho el futuro es algo lejano, ajeno. A los treinta vienen las certezas: ya no postularás en Miss Universo, ni podrás ser seleccionada olímpica y el príncipe europeo de tu generación ya se enamoró de otra plebeya que no eres tú. A los treinta y cinco empiezas a ahorrar para la fertilidad asistida. A los treinta y seis hay gente de tu edad que gobierna países y los libros de historia recogen los noticiarios televisivos de tu infancia.

Cuando llegas a los treinta empiezas a cosechar. Tu llavero y tu cartera dan fe de tus responsabilidades y privilegios: te vuelves guardiana de puertas que solo tú puedes abrir, y puedes enfermarte o viajar cuando sea y costearlo sin ayuda. Te promueven, te suben el sueldo, te piden consejo y nadie –salvo tú– se cuestiona que lo mereces. La sabiduría antigua reconoce que los treinta son la época de la fortaleza. “El que no es bello a los veinte, ni fuerte a los treinta, ni rico a los cuarenta, ni sabio a los cincuenta, nunca será ni bello, ni fuerte, ni rico, ni sabio”, dice un refrán español. Los treinta están justo en medio de la edad en la que uno se casa y aprende a ganarse la vida y la edad en la que uno se vuelve sabio a punta de errores acumulados. Hace un tiempo una encuesta inglesa reveló que las mujeres gozan el mejor sexo de su vida a los veintiocho, se sienten plenas en su carrera a los veintinueve y contentas con sus relaciones a los treinta. Nuestra mejor época financiera, según esto, vendría a los treinta y tres, y dos terceras partes de nosotras pensamos que envejecemos más rápido que los hombres, revela el sospechoso estudio elaborado por Clairol, una compañía de –qué más– productos para teñirse el cabello. Así que todavía somos guapas –lo más guapas que nunca seremos– y tenemos dos o tres montañas pendientes de conquistar. Hemos dejado de preguntarnos a dónde vamos y empezamos a dirigirnos allí con paso firme y decidido.

A los treinta vas perdiendo ciertas vergüenzas. Te desnudas sin problemas frente a desconocidos: el ginecólogo, una o dos veces al año; la chica que te depila, cada tres semanas; el modisto que te hace un vestido divino que ahora puedes pagar. Abandonas también algo de la autocensura de las chicas menores. Empiezas a opinar en voz alta sobre la ola de asaltos en el barrio cuando sales a comprar la leche en pantuflas. Empiezas a salir a comprar la leche en pantuflas. Consolidas manías y obsesiones: decidir no bañarse el domingo está bien. La espera absurda en la fila del banco, inadmisible. Reconoces las situaciones donde fingir inocencia todavía funciona y aquellas en las que solo conseguirás lo que te propones con garra autoritaria. Te sales con la tuya casi todo el tiempo. Los mayores admiran tus ganas y los menores tus logros. A los treinta la vida no es eso que queda hacia adelante sino hacia atrás. Eres dueña de un refri, una agenda de contactos, una importante colección de zapatos, tal vez del corazón de un hombre o de una familia. Todos anclas. Las alas van poco a poco atrofiándose. Te vuelves terrenal.

Pasando los treinta no te queda otra que mirar alrededor y darte cuenta de que tus amigos mayores son adultos de verdad: tienen deudas, hijos, canas. Hablan de la panza y la política con tono cínico y desencantado. Los amigos más progre se compran perros para engañar el reloj biológico. Escuchan el tic-toc y miran hacia otro lado. Otros se operan, se divorcian, se pintan el pelo, apadrinan niños de la calle. Intentan darle sentido a lo que hacen, negocian con el calendario, esconden la partida de nacimiento. Ellos que ya no toman tanto café, que se desvelan pronto, se levantan temprano. Ellos, que se casaron, o se enfermaron de gastritis o dejaron de fumar o tienen hijos o compraron gatos o se hicieron vegetarianos o maratonistas o todas las anteriores. Tener el cuerpo en buen estado es un trabajo a tiempo completo, no un hobby. Te conviertes en sobreviviente a costa de algunos de tus placeres más queridos. Compras un seguro de vida y lees la letra pequeña, apagas el cigarro, piensas dos veces antes de lanzarte de un paracaídas o subirte a una moto. A los treinta y tres no he hecho nada de eso todavía. Irresponsable, abro la lata del café todos los días y aspiro un poquito con la certeza y la tranquilidad que me da conocer los límites permitidos. A los treinta sabes cuáles son tus vicios vitalicios y les reservas a cada uno un lugar: dos litros de café en la mañana, tres cigarros a la noche. Pero nada de fumar en la mañana, ni tomar café en la noche, porque te arrugas o te enfermas.

Si a los treinta no te has reconciliado con tu cuerpo, no lo harás nunca. A esta edad o estás feliz con el hecho de que las tetas no van a crecerte más, o has pasado ya por el cuchillo. Te vuelves cómplice de tu cuerpo porque aceptas por fin que es el único que vas a tener. Aprendes a jugar junto con él y no contra él. Lo has domado y convencido de que te pertenece y no al revés. A una treintona no se le acusa de caprichos hormonales: lloras y peleas porque lo has decidido, no porque sea ese día del calendario. Posiblemente ese día es cuando más amas tu cuerpo: aprecias que todavía funciona. El mapa de tu piel tiene manchitas y cicatrices. A los treinta te embarazas porque quieres o te descuidas. Un hijo se vuelve una decisión y no una contingencia. Sabes comprar ropa interior sin la ayuda de una dependienta que te indique el mejor tipo de sostén para tu cuerpo. A los treinta has aprendido lo que te va y lo que no te va. Entiendes que una persona de tu edad con zapato abierto y calcetín en color y textura contrastantes no luce como modelo de revista, sino como una vieja prematura regando el jardín. Aprendes a medir. El verdadero fracaso a los treinta es llegar a ellos sin entender que el delineador líquido no debe ir más que en el párpado superior y que menos maquillaje siempre es más. A los treinta juré no teñirme el pelo hasta que tantas canas lo hagan necesario. Para recordar cómo me veo ahora sin aditivos ni –tantos– conservantes. A los treinta sabes que solo valen las promesas en tus propios términos. Y que faltar a ciertos juramentos es un requisito para madurar.

A los treinta ya eres una viajera frecuente de las relaciones amorosas y tienes millas suficientes para navegar por los líos del corazón. Las veinteañeras te miran pasar con envidia mientras arrastran pesados equipajes por los que pagan caro el viaje de querer. A los treinta te vas olvidando de tomar fotos de cada momento simbólico y de visitar los lugares comunes de la vida en pareja, y te concentras en disfrutar cada momento. A los treinta sabes que el amor no está en esa forma turística del romance sino en el encanto del atardecer en una esquina cualquiera. Aprendes que lo más importante del amor no es el deseo ni la adrenalina de sentirse vulnerable sino la valentía. Te pones valiente. Pides más pero peleas menos y te marchas cuando te das cuenta de que uno de los dos ha empezado a pelear más o a pedir menos. Entiendes que una pareja no es el principio ni el final de nada y sabes despedirte con elegancia. Si a los treinta sigues soltera, miras a tu alrededor y entiendes que solo has corrido con buena suerte.

Resignarse a la edad, a esta edad, parece un buen camino para hallar cierta tranquilidad. Salvo que el futuro parezca aún más gris: ahora soy una cuarentona en potencia. Los treinta han dejado de parecerme miserables, aunque solo por la sospecha de que los siguientes son aún peores que los redondos treinta. Amo los treinta porque se escapan con la misma rapidez que los veinte pero con un vértigo mucho más cruel. Entiendes que el futuro está sentado hace dos semanas en la sala de tu casa y no lo reconoces. Te saluda todas las mañanas en el espejo. “Esta es la mujer que vas a ser”, te dice mientras te enjabonas en la ducha y adviertes que se te ha formado un firme descanso de cadera ahí donde antes suspiraba la cintura. El futuro es ese sobre sin abrir que llega puntualmente a tu buzón cada fin de mes. A los treinta por fin lo abres y te haces cargo de la factura. “Las niñas ríen. Las viejas ríen. Las mujeres de tu edad no ríen, están condenadamente ocupadas con el serio asunto de vivir”, le dice un hombre a su joven amante en El cuaderno dorado, de Doris Lessing. A los treinta reímos cada vez más.

*La primera versión de este ensayo fue publicada en la revista Etiqueta Negra.

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