Este perro pasó de la calle a la gloria

Rufus fue callejero, atropellado y desahuciado. Luego fue adoptado con fiesta de bienvenida y hasta tiene cama hecha a mano

Este perro pasó de la calle a la gloria

 

Andrea Carrión / WUF

El día había llegado y Alessandra Añorga se doblaba de las náuseas. No era embarazo, tampoco indigestión, eran los nervios de no saber cómo la recibiría Mono, el perro que estaba a punto de adoptar con su esposo, Diego Ampuero.

Ambos habían salido de casa con bastante tiempo para llegar puntuales a su cita de entrega y en el camino Alessandra no dejaba de hablar.

“Me dolía el estómago, estaba tan nerviosa, sabía que eran los típicos temores. Le decía a Diego ‘¿Y si no nos quiere?, ¿Y si nos rechaza?’. Por tratarse de un perro adulto, no sabía cómo sería el encuentro, si nos iba a hacer caso o qué. Felizmente nos recibió mejor de lo que esperábamos”, recuerda Alessandra.

 

Unas semanas antes ella misma se había encargado de buscar candidatos en el portal de adopciones de WUF, una asociación sin fines de lucro que busca generar consciencia sobre la realidad de los perros abandonados en el Perú y que ofrece las herramientas necesarias para combatir el problema y hacer de la adopción la mejor alternativa.

“Hacía rato que quería un perro, pero no quería comprarlo. Es que veía tantos perros en la calle que me daban ganas de llevármelos a todos. Por eso busqué en Internet un lugar serio donde adoptar y salió WUF. Nuestra idea era darle una mejor vida a los perritos que no tienen tantas oportunidades como los de raza que casi todo el mundo quiere tener. Pensamos ‘¿Por qué no tener un perro de raza única?’. Vimos que un perro llamado Mono de 8 años de edad tenía varias razas, así que lo elegimos a él”, comenta Alessandra.

En la veterinaria donde lo recogieron, hace dos meses ya, la chica encargada de hacer las entregas de los perros adoptados se asombró de cómo Mono recibió a sus nuevos padres adoptivos.

“Fue como si hubiera sabido que se estaba yendo a un sitio mucho mejor”, comenta Diego. “Él se acercó, se sentó y me empezó a lamer. Nos dieron su cartilla de vacunas y nos dijeron ‘Es de ustedes’. Así nos fuimos a casa los tres”.

Lo primero que hicieron Diego y Alessandra tras dejar la veterinaria fue rebautizar a su nuevo perro con el nombre Rufus. Alessandra siempre había querido un perro con ese nombre, lo que no esperaba era descubrir un perro absolutamente tímido.

Al principio no fue fácil para Rufus, se mostraba distante no solo con Diego y Alessandra sino también con toda persona nueva que llegara a su casa. Este comportamiento los llevó a investigar su pasado y ésta es la historia que descubrieron:

“Ale habló con la dueña del Albergue Salma, de donde viene Rufus, y le dijo que antes de ser rescatado él había vivido en una casa en el Centro de Lima con un señor y otros tres perros. Pero como el dueño los maltrataba mucho, un día los perros huyeron juntos. En ese escape, Rufus y otro perro fueron atropellados. Rufus recibió un golpe serio a un lado de su cuerpo y lo peor es que vio morir a su amigo. Quien recogió a Rufus, lo llevó a una veterinaria donde le dijeron que no podían hacer nada por él. Esta persona lo cuidó y le dio medicinas para aliviar el dolor por sus fracturas. Eventualmente, cuando ya estaba recuperado, lo llevó a Salma, donde lo cuidaron”, cuenta Diego. 

Otra cosa que Diego y Alessandra notaron los primeros días de tener a Rufus en casa, fue que le costaba un poco levantarse. Lo llevaron a una veterinaria, le sacaron radiografías y el diagnóstico fue displasia de cadera, resultado del atropello que sufrió.

Una de las medidas que tomaron para aliviar su condición fue construirle su propia cama. Antes de recoger a Rufus, Diego y Alessandra habían comparado una camita, pero ésta le había quedado muy chica. Entonces, para evitar que se encorvara y que eso lo afectara, Diego compró listones de madera y él mismo los unió a martillazos.

“Rufus tiene una cama a su medida y a fin de mes le compraremos su colchón”, dice Diego orgulloso.

Además de la cama, a Rufus también le compraron una plaquita que lleva su nombre y un número telefónico, algo que todo dueño de mascota debería de hacer para evitar pérdidas innecesarias. Alessandra hasta mandó a imprimir su foto en una taza.

Y por si fuera poco, Rufus también tuvo una fiesta de bienvenida en un café que no solo permite la entrada de mascotas, sino que además incluye en su carta bocaditos aptos para el consumo de perros.

Con todas estas muestra de amor, Rufus no ha tardado en entender que sus nuevos dueños lo quieren bien. Poco a poco se ha ido soltando y ahora Diego y Alessandra hasta se ríen de las leves travesuras que hace gracias a la confianza que ha agarrado.

 

“Yo estaba medio inseguro porque no sabía cómo iba a ser, pero Rufus me ha sorprendido. Es muy gratificante adoptar un perro”, dice Diego. “Hemos aprendido a ser pacientes con él y a reírnos de lo que hace”.

“Decidimos darle la oportunidad a un perro adulto para que tenga una mejor vejez, para que tenga un hogar, una familia y mucho amor. A Rufus lo adoro, él es todo, a todo el mundo le cuento de Rufus y todo el mundo me pregunta por él”, dice Alessandra. “Siempre escuchas que al adoptar le cambias la vida a un perro, la verdad es que él nos ha cambiado a nosotros, es puro amor, desde el primer lenguazo que nos dio”.